jueves, 5 de julio de 2007

PUBLICADO EN DIAGONAL 07/07


POR LA CARRETERA

La leyenda (1930-1975). Los mitos del campesinado crecen comiendo inocentes helados en la cuneta. El Tour se convierte en el acontecimiento veraniego de los franceses, que no tardan en exportarlo a los Países Bajos y en captar a los mejores ciclistas italianos y españoles. La televisión aún no tiene capacidad técnica, pero la radio relata con gracia las escapadas caóticas y las subidas a los puertos que deciden el campeón de la ronda.


La pérdida de la inocencia (1975-1988). La industria farmacéutica surgida de la posguerra europea alcanza su cénit. La velocidad media de la carrera se dispara gracias a la ebullición de la química. En televisión, la agradecida audiencia de sobremesa soporta con gusto las tres grandes vueltas. Justo a tiempo, irrumpen los plateados del Reynolds del simpático Perico. La contrarreloj y la táctica adquieren más importancia de cara a la general.

La madurez (1990-2000). aquí, el fenómeno Miguelón retrasa la decadencia. Ésta llega después, inexorable, coincidiendo con la evolución lógica de cualquier deporte: que gane un norteamericano. La política antidopaje alcanza la mayoría de edad y se produce el primer caso contra un equipo, el Festina. La lucha contra el crono y los gregarios se antojan básicos para obtener el triunfo final en París.

La edad de cobre (2000-...). La tecnología y los circuitos meten al ciclismo en el cajón de los deportes minoritarios. Los laboratorios pierden el norte, y sus clientes, manejados por múltiples intereses, se caen de la bici con desdoro. Unos cuantos acaban en las fauces de la droga. El esfuerzo deja de ser un valor en la sociedad globalizada. El entorno del ciclismo no encuentra la fórmula que convierta en superhéroes a los corredores. Desde la retirada de Armstrong la incertidumbre reina en la ruta.

2 comentarios:

Javier Menéndez Llamazares dijo...

Qué bien dices eso del "simpático Perico".
Para mí ha sido no ya el mejor, sino el único ciclista que realmente me ha emocionado, y el que más he admirado. Esa lucha apasionada, ese cambio de ritmo, esa forma tan personal de ver el deporte. Y a la vez, su mayor grandeza: ese despiste, esa dejadez, ese casi pasotismo... Un tío genial, la verdad, irrepetible. No me creo que fuera "puesto hasta las cejas", no. Ni me interesa. Es más, ni siquiera me importa.
Viva Perico.
Un excelente artículos, "Vilos".

Vilos Cohaagen dijo...

No es que Indurain fuera antipático, pero yo también prefiero a Perico. Me lo imagino perdido por Luxemburgo y todavía me parece cómico, de cine mudo.