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martes, 16 de octubre de 2007

ZARABANDA 10/07

UN DÍA EN LA CAÑADA

En los alrededores de la jungla, a mano derecha, hay un poblado en el que los vecinos viven entre coches de lujo y desperdicios. Atraviesa el poblado una única carretera que termina cerca, por la que pasan los camiones que transportan aquello que debe ser expulsado de la ciudad. En las dos orillas hay socavones, arena y piedras, pero también zapatos sueltos, cajetillas de tabaco vacías, alambres, naipes, cintas de casete y otras cosas que nadie puso allí. Dos veces al día, un gitano viejo sale con un carro, cantándole a su burro si está de humor, y se cuela entre dos camiones, hasta que toma una vereda que los lleva hasta un tesoro de chatarra.

Unas horas antes, por la mañana, las madres del poblado se avisan para que los hijos de todas vayan a la escuela. La compañía avanza por las estrechas orillas y respira el hedor que los camiones dejan a su paso, las hogueras de la noche anterior se van consumiendo. Cuando vuelven sin sus hijos sólo algunos hombres siguen gandules entre las sábanas. El anciano desayuna y prepara al burro en relativo silencio.

A mediodía los hay que se acercan a las bodegas del poblado o a las tiendas, a la que es una sala de estar y a la que parece un centro comercial. Se hacen visitas, se reciben. Todo como en la ciudad.

El poblado se eterniza hasta la hora de comer. Muchos se han ido a la jungla o a la ciudad, a comprar hierros, a vigilar obras o a trabajar en cualquier otra cosa. Unos pocos atienden el negocio desde casa. En cierta forma su jornada nunca termina. Pero por la noche, cuando la hoguera está encendida, empieza el tráfico. Qué hacen, quién lo hace, en el poblado nadie sabe nada.

De entre las conversaciones que tienen los moradores de la Cañada, una se repite con frecuencia: alguien enumera las últimas VPO´s adjudicadas y otro replica que sus casas están muy bien, que en ningún piso se respira el aire que viene de Altomira, ese aire que dispersa el olor de la incineradora. El que quiere un piso termina sin saber para qué lo quiere ¿Dónde se encontraría así, a la una de la tarde, un día laborable, despreocupado de recibos?

Los del otro asentamiento ponen menos pegas para marcharse a las viviendas de protección oficial. Cada día una grúa desmonta la chabola de una familia, que ve el proceso desde el coche, el colchón en la baca, los papeles a mano. Los de la cañada tienen esas necesidades mejor cubiertas. Sus casas tienen veinte años y se han ajustado sobre sus cimientos como funcionarios experimentados hasta lograr una aceptable comodidad.

La chimenea preside el gran salón de linóleo por el que transcurren los días. Una cocina hecha con azulejos dispares, el baño lleno de cubos, y un par de dormitorios para todos, completan el espacio que distribuye el patio. Hay algunas diferencias entre esta chabola y la de al lado, unos ponen a la virgen de los remedios y otros el retrato de Camarón de la Isla, unos aíslan con tetrabriks y otros con hueveras.

Después de comer, las madres se unen a las siestas de abuelas y maridos. Duermen viendo los mismos programas que ponen en la ciudad. A esa hora pasan menos camiones y entonces se oyen las ráfagas de viento de Toledo, o, si la tele no está alta, se escucha silbar al gitano del burro. Cuando le llame su amiga, se tendrá que levantar para ir a por los críos, pero de momento sestea bajo el cuadro de Camarón, como cualquier otra tarde.

No está mal hacer lo de todos los días. Hay quien se queja de la rutina; no los de aquí. Claro que los hay que prefieren salir, pero no lo hacen porque piensen que en la Cañada se esté mal, aquí tienen cerca a los amigos, tienen su huertita, sus gallinas, un sitio para cada cosa… Están locos los que prefieren pagar un Perú por un apartamento de cuatro metros, existiendo esto.

Los habitantes de la ciudad creen que lo saben todo, piensan que la cañada es un sitio en el que sólo hay droga, no se imaginan que las madres esperen a sus hijos en la parada del bus, se imaginan que es un estercolero rodeado de ceniza. Creen que la naturaleza está hecha para que ellos la vean desde sus ordenadores. En la cañada casi nadie tiene ordenador pero cuando llega la temporada todos comen tomates. A los de la ciudad sólo les interesa porque allí se vende droga. Creen saber más de la vida.

En la Cañada están tan acostumbrados a que el sol se meta por donde le da la gana, que no miran cómo se esconde detrás de un cerro verde, enmarcado por la columna que nace de los hornos de la incineradora. Si está contento, el viejo se emociona junto al asno y vuelve silbando. Acaba la jornada para el burro y su compañero, no así para los holgazanes, que se desperezan a las ocho por última vez antes de encender la hoguerita e irse a echar el rato con los amigos. Los niños juegan en los patios de las casas. No hay parques ni columpios, aunque con tanta mugre se puede improvisar un castillo en un periquete. Lo peligroso siguen siendo los camiones, sin embargo a veces hay que cruzar la carretera para echar cuentas a los rumanos del campamento.

A las once están con sus hermanos viendo la tele de plasma. Todavía es tiempo de meter algunos paléts en la chimenea. De vez en cuando se oye un silbido. El chatarrero hace tiempo que duerme cerca de su animal, esta vez es un aviso. La jornada se termina allí como en otra parte del mundo. Los camiones de la ciudad descargan su basura y escapan a por más.

martes, 25 de septiembre de 2007

ZARABANDA 09/07

LA JUVENTUD BAKALA ES EL PRESENTE

La historia da comienzo en los últimos años ochenta, en las periferias de Madrid, Barcelona y Valencia. En unos cuantos meses “La ruta del bakalao” pasa de ser la costumbre de un grupo minoritario a convertirse en fenómeno y motivo de alarma social. Los informativos dan con el asunto y contribuyen a su extensión entre grupos de chavales que todavía no conocen los efectos de la máquina y las drogas de diseño. Se entra en la década de los noventa al ritmo de la canción “Éxtasis” de Chimo Bayo, el primer y uno de lo pocos himnos reconocibles, una letra que enseguida se vuelve pop.


Los que renegaron de él en cuanto apareció no habrán cambiado su posición un ápice. Para ellos el bakalao era y sigue siendo, primero una horterada, segundo propio de macarras, y tercero consecuencia del “fin de la historia”, de la desideologización y del tupido velo con el que la sociedad de consumo tapa los llamados “problemas reales” de la gente. Hoy en día el movimiento está copado casi por completo de adolescentes con el pelo de punta y chicas con minifaldas, aunque hay que anotar que la adolescencia ha superado las limitaciones de edad y se prolonga en muchos casos hasta el absurdo. Lo que era un mercado poco estructurado a principios de los noventa, en la actualidad genera todo tipo de productos para el consumo y ocupa un amplio sector de la cultura.

No es una pastilla, es un piercing

Hace seis años, cuando las torres de la ciudad deportiva del Madrid no eran más que un proyecto, la revista “Camisa de fuerza” llevó a su portada la arquitectura bakala. La reforma del estadio Vicente Calderón o los nuevos centros comerciales plasmaron por primera vez el ideal de hijos de la transición que anhelaban un futuro barroco en el que el cristal superaría al ladrillo y los coches pasarían de los doscientos cincuenta con la máquina sonando a todo trapo. La película “Matrix”, una versión maquinera del ciberpunk, falló por diversos motivos en la conquista del bakalaero medio, que siempre ha sido partidario de una visión más simple del progreso.

“Corrupción en Miami”, en cambio, es la apoteosis de este movimiento en el cine. Su comienzo, un fiestón, da paso a un trepidante encadenado de macizas y paisajes exuberantes, disparos, fuerabordas, y otra serie de valores parecidos. Cada gramo del metraje está destinado para un solo tipo de consumidor: el que prefiere un buen espóiler antes que la Victoria de Samotracia. Aquellos a los que no les importe lo que es un espóiler encontrarán los diálogos pueriles, el guión absurdo y los personajes inequívocamente horteras; tal vez no valoren el virtuosismo de la cámara, y tal vez ni los propios bakalas lo ponderen en exceso, ya que ellos dan por hecho que las cosas que molan, molan porque sí. Ese es uno de los motivos de que no haya aparecido un teórico que fuera y siga siendo maquinero, ningún filósofo que plasme la ideología del movimiento en papel, ni ninguna novela que se haya ocupado de la famosa ruta entre las discotecas de Madrid y Valencia. Parece como si la cultura del bakalao sólo pudiera transmitirse puesto hasta las cejas en una fiesta.


Con esta película nos encontramos ante el manifiesto invisible de este grupo, invisible pero atronador. Una manifestación de ritmos y carnes prietas sin espacio para la retórica, algo parecido a una fiesta. En “Corrupción en Miami” concluyen varios procesos simultáneos que en su origen no tuvieron que ver con el bakalao: las tarjetas de crédito, los clásicos carteles que representan a una mujer y un Pegaso ayuntando a la luz de una luna psicodélica, la eclosión de Chueca, los videoclips, las videoconsolas, la liga de fútbol profesional, el tunning (en general todo lo relacionado con los automóviles), las pandillas latinas, la ropa de marca, el terrorismo internacional, etc. Todo eso cobra sentido en una sociedad necesitada de estímulos como la que defienden los bakalaeros.


El movimiento ha transcendido las discotecas y en cierta medida las drogas, para ganar popularidad. Quedan lejos los tiempos en los que lo dominaban grupos ultras que se autodenominaban nacional-bakalaeros. El intento por parte de unos cuantos partidos xenófobos se superó con la victoria aplastante de la estética sobre la política, cuando lo gay conquistó el derecho a la música de baile. Despojada de la amenaza de las ideologías, la imagen del bakala se transformó y los anuncios procedieron a moldear el nuevo canon. Los fachas podían escuchar techno, pero el movimiento le pertenecía a la publicidad. Hoy día se estima que el votante bakalaero es conservador y moderado, aunque no faltan simpatizantes de otros partidos ni abstencionistas por omisión o por convicción.


La influencia de la máquina es tan amplia que el término ya no define nada. Una investigación futura deberá llevar la búsqueda desde los pioneros, ese puñado de obreros con ademanes futuristas y problemas con las drogas, hasta lo que es el movimiento en la actualidad: un filón comercial y la propuesta de ocio que ha asumido el mayor número de jóvenes, jóvenes que también tienen ademanes futuristas y problemas con las drogas.


En conclusión, el bakalao ha superado los peores vaticinios del ciberpunk y ha convertido el ocio en una exposición macarra, inequívocamente “Kitsch”. La máquina ha vencido sin dejar rastro. Ha borrado las marcas de rebeldía que en algún momento distinguieron a la juventud, ha aniquilado la cultura del realismo, ha conseguido que abandonemos a la vez la esperanza de una regeneración y el catastrofismo, y nos introduce a su ritmo en el futuro perpetuo. Como en una novela de ciencia ficción, la máquina parece más humana que los humanos, o como dicen los “Daft Punk”, humana después de todo. Es tan obvio lo cutre que ha quedado el futuro que por fuerza nada que no sea humano es responsable de semejante presente.

martes, 24 de julio de 2007

PUBLICADO EN ZARABANDA 07/07

HASTA OTRA, BRASIL

Ayer, una musa se me apareció mientras me cortaba las uñas y me dijo que tenía que ir a Brasil ¿Brasil? No puedo ir –pensé mientras la musa se esfumaba- apenas sé nada de ese país. Conozco de oídas el carnaval, imagino playas de arena blanca y mulatas en tanga, he visto jugar a su selección, y considero a Lula un buen tipo, aunque no sé si eso es suficiente. ¿Por qué voy a tener que ir a Brasil?

“Orden y progreso” pone su bandera. Pelé, Xuxa, Astrud Gilberto, el Cristo del Corcobado, Maracaná y Amazonas, son los nombres que vienen a mi memoria. No me interesa ni el sentimiento cristiano mil veces ramificado, ni el culto al cuerpo desmesurado y especialmente lascivo de los brasileños. Es, en resumen, un país más, con su tradición política de reformas y contrarreformas, su clase media culta surgida de Mayo del 68, y un sector financiero tan corrupto como el de Estados Unidos o España. El crimen en las favelas acaba por derruir la cara frívola que había construido a base de caipirinhas y de las revistas de viajes. ¿Qué tiene Brasil?




Flaco favor puedo hacer al afortunado lector que viaje hacia allá. De nada le sirve que repita que las cataratas de Iguazú son impresionantes. En cambio, él podrá decirme si existe otro distinto al que enseñan las agencias, un lugar húmedo (yo me lo imagino así), no por completo deforestado, dividido en regiones bajo la férula de mosquitos y virreyes dudosos. Salpicado de bosquimanos y espíritus que siempre han cedido su puesto ante la razón europea. Un territorio que durante siglos fue más medieval que fantástico.

Por medio de instrumentos como el sexo, la música o el fútbol, la fe de algunos brasileños y la parafernalia colorista de otros muchos degenera en excesos menos cruentos que los que se infligieron a los seguidores de Antonio Conselheiro*, líder de una multitud de pobres beatos a los que el ejercito exterminó por atreverse a fundar una comunidad antirrepublicana a principios del siglo diecinueve. Aquel reducto, en el que se luchaba contra las leyes modernas de la independencia, desapareció por anacrónico, para consolidar una versión nueva de la explotación de siempre.

Desde entonces, y desde otros episodios semejantes, la globalización ha ocupado su mercado como en el resto del mundo. El petróleo y la madera siguen marcando la pauta, sin embargo los indígenas ahora cuentan con defensores más realistas y los organismos internacionales aplauden las tibias reformas de su gobierno. Encabeza la lista de los países modernos, de los encarrilados en la vía del desarrollo. Aseguran que, a pesar de la pobreza, la democracia pone en la mesa alimento para sus habitantes. Algo natural, dados sus enormes recursos.

No obstante, los grandes ventiladores de los cabaréts, los niños que le dan al pegamento y los relojes paraguayos pueden acongojar hasta al más inconsciente de los turistas, aunque en esa clase de viaje la principal queja suele venir del servicio del hotel y el retraso de los aeropuertos. Quien viaje así posiblemente no descubrirá más que esa cara, pero lo que él pretende, sol, playa y caipirinhas, lo obtendrá de fijo.

Necesariamente, el protagonista pasará por Río de Janeiro o por Sao Paulo, capitales del continente americano, dos de los lugares del mundo más caros para vivir. Este dato, un mal síntoma para sus habitantes, lo explica una prosperidad o una decadencia, como la del imperio romano. La capital se convierte en la última estación de miles de emigrados, la ciudad lo importa todo, así que allí se queda el dinero de todos, hasta que alguien lo ingresa en las Islas Caimán. Mantenerse en la ciudad es caro y salir de ella también.

De Río o de Sao Paulo, nuestro turista lamentará la miseria de sus calles y la pobreza de miles de niños (no sé porqué, la pobreza en los niños se ve más). Quizá alguien le haya atracado o le hayan pedido una pequeña “mordida” y es posible que, cuando regrese, nuestro viajero cuente, en una sesión de fotos a sus invitados, las experiencias deshonrosas que cualquier europeo tiene que sufrir en una visita a ese país. Pero si hablamos de un viajero de mundo, él sabrá encontrar el Brasil imaginado del que habla la musa.

El turista elogiará ante sus amigos la hermosura de las brasileñas, a la gente noble de los sertones, les referirá que la clase culta de formación europea no piensa únicamente en el fútbol o en la cirugía estética. Usará hipérboles para recordar el Amazonas, intentará definir con una metáfora el atardecer de una de las diapositivas, y concluirá la sesión empeñado en demostrarles que vale la pena conocer Brasil.

¡Menuda suerte tienen los que se vayan este verano y encuentren ese país, y se bañen en el paraíso, y coman platos como los que se jalaban los piratas hace siglos! Les envidio, aunque yo me libre de parecer un cajero automático con pantalones cortos y cámara de fotos. Les envidio porque podrán añadir otros tópicos a la lista.

Todo viaje es un viaje en el tiempo, simultáneamente hacia delante y hacia atrás, fue lo que me dijo la musa. Si no viaja, uno se queda fuera de la historia, mirando por la ventana, haciendo frases que ha podido recopilar en Google. Imagina cómo sería ir a Brasil, a México o a cualquier otra parte, para reconocerse lejos en el espacio y en el tiempo, como en un relato de ciencia ficción; pero se queda en el mismo sitio.

El verano recuerda a algunos que no tienen dinero para largarse. Ni Brasil ni hostias, le he dicho a la musa. Apenas hay suficiente para las fiestas del pueblo, así que no me calientes la cabeza con cataratas y caipirihnas: de eso también lo hay aquí. Los que se vayan a Brasil, que no se acuerden de los recibos. Los demás nos manejaremos con la perra suerte. Ayer la musa se me apareció, pero hoy no quiere ponerme en nómina, así que, hasta otra, Brasil.

* Ver "La guerra del fin del mundo" M.V.Llosa.

martes, 19 de junio de 2007

PUBLICADO EN ZARABANDA 06/07

COMO EL AGUA

Me he sentado varias veces enfrente de esta clase de nuevos escolásticos, los técnicos de recursos humanos, hombres y mujeres de bien, anchos de mira, aficionados a las carreras de bólidos, a la juerga, o al golf, y les he querido trasmitir que puedo adaptarme a cualquier contingencia, que soy apto para el puesto que ofrecen, sea el que sea. Durante una entrevista a las dos de la tarde me hice un bocadillo de anchoas para demostrarles mi capacidad de reducir el horario de la comida a seis minutos; pero aquello no le hizo gracia a la técnica que me entrevistaba, y me invitó a que me fuera. Después de eso comprendí que hay que esconder algunas virtudes cuando se busca un trabajo, una de ellas es el exceso de autonomía.







Ese anuncio en el que Bruce Lee se comparaba a sí mismo con el agua, omite el tema de que la capacidad para adaptarse de los seres humanos también puede arrastrarlos a acciones viles y a otras en las que se ponen en ridículo. La publicidad y casi todas las películas, tratan de comunicar al espectador que su producto supone un salto cualitativo desde la mediocridad de lo que podemos llamar real, hacia un mundo que ellos han inventado. La ética de su mensaje se ve adulterada desde el momento en el que plantean premisas falsas, como en el caso de aquella marca de tónica que prometía la liberación del cuerpo y de la mente o del coche que supuestamente te lleva a donde no llega nadie.



En una entrevista de trabajo, el mismo compendio de proverbios optimistas y mensajes vacíos se plasma en presentaciones de Powerpoint, reglas mnemotécnicas, y en pirámides (la de Maslow es la más conocida) que a priori analizan objetivamente las virtudes del trabajador pero que en realidad no son sino una filosofía simplona adaptada al marketing. Libros de autoayuda poco recomendables como “¿Quién se ha comido mi queso?” o novelas como “Juan Salvador Gaviota” son el refugio dorado de psicólogos deficientes cuyos consejos oscilan entre la pseudociencia y la parapsicología. Conceptos como empatía y proactividad, o lemas como conócete a ti mismo, generan toneladas de textos y revistas y son la hoja de ruta más aceptada entre los que ofrecen un trabajo de oficina.


Hace poco presencié un debate en el que mucha gente consideraba que más que de necesidades, la libertad precisa de responsabilidades. No todos eran fachas en el debate. Uno de los argumentos que expusieron fue que estamos en un periodo y en un lugar en el que la libertad es poco más que un objeto de consumo. Eso me hizo recordar otra entrevista de trabajo para la que me puse corbata, me afeité y hasta compré un paraguas. No me seleccionaron, los canallas, y eso que me había disfrazado de romano. Aprecié que llevar lo que uno quiere, delante de unos desconocidos que van a juzgarte por tus méritos, es otra forma de demostrar tu libertad.



A un amigo le despidieron porque tenía soriasis, a otro lo han echado de decenas de puestos porque no cae bien a la gente, a unas las discriminan porque son mujeres, a otros por ser negros, homosexuales, musulmanes, rumanos, pobres, por llevar pendientes, por no llevarlos, por vaguear, etc. Otro amigo, que desconoce el derecho de admisión de las empresas dado que cultiva boniatos en alpargatas, se autodefine como reformista de delantal y se jacta de que jamás ha asistido a una entrevista de trabajo de esa clase.


A veces, la libertad se aprecia en detalles nimios como beberse un gazpacho y se esfuma un momento después. Esa intermitencia lleva a muchos hipocondríacos a declararse bipolares, aunque es de suponer que los efectos son parecidos aunque no se padezca nada: ratos de euforia ante la vida y otros llenos de desconcierto y de un cierto vacío. Se pasa del gazpacho a las facturas en lo que tarda en repetirse una canción de los cuarenta principales, y el cuerpo necesariamente acusa el contraste, como cuando hace más frío en casa que en la calle.

Para muchos políticos y economistas, la libertad es un argumento sólido, tan pesado que puede arrojarse contra el que no favorezca el consenso que han establecido entre muchos. Cabe preguntarse, ¿si solo hubiera una opción, seguiríamos llamándola libertad? Contemplando el mundo alrededor estamos obligados a contestar que nuestras posibilidades son aceptables, siempre que se comparen con las de la gran mayoría.



Tradicionalmente la historia ha definido dos clases distintas de inadaptados, aquellos que se adecuan a la pequeña burguesía en cuanto entran en contacto con ella (es el mito del buen salvaje de Rosseau), y los que no transigen ante nada que pueda coartar su concepto de libertad (Veasé Bravehart). A nivel global cualquier forma de resistencia convierte a un país en miembro del eje del mal. En descargo de las democracias occidentales, o como demérito suyo, hay que admitir que muchos de los regimenes que se resisten a la invasión no atesoran ningún tipo de libertad; en cualquier caso, es necesario denunciar que existe la retorcida creencia de que el inadaptado no merece compartir un espacio que se considera propio, y que, desde el principio de los siglos, esta creencia ha degenerado en el odio, y su consecuencia ha sido el exterminio.

A nivel local, la presencia en la vida no novelesca de los marginados, inquieta y pone en alerta al director de Recursos Humanos que cada uno lleva dentro. A alguien sin móvil, sin trabajo, sin letras, sin esposa, sin Alonso, sin estrenos, sin ordenador, sin zapatos nuevos, sin nietos, sin Ipod, ni deudas ni perro ladrador, le importan poco las técnicas de Marketing o las curvas de diseño. No enaltecen el trabajo, y lo que más preocupa, no subliman el dinero. Son diferentes a la gente diferente que sale en los anuncios de la tele.


Son aquellos grupos a los que los manuales de autoayuda y los directores de Recursos Humanos consideran pobres o poco propicios. Las estadísticas oficiales los llaman parados de larga duración. Alguno pensará que esta clase de gente se parece más al agua del anuncio de Bruce Lee, por que comen lo que hay y beben lo que pueden, y se los ve paseando sin rumbo una mañana en la que no se ve a nadie que no sea un jubilado o un mensajero. Los hay que argumentan, con una cerveza en la mano, que en ese margen se encuentra la vida. No se sabe quién, que no haya estado en el margen, con una cerveza en la mano, puede llevarles la contraria.

viernes, 18 de mayo de 2007

PUBLICADO EN ZARABANDA 05/07


LA CASA JUNTO A LA FÁBRICA


Lo importante es lo que significa que los jóvenes tengan una casa, pero hay partes del mundo en donde eso no significa gran cosa. En otros sitios se construyen con cañas, con mortero, con ladrillos robados o piedras, y se pueden perder en lo que dura una tormenta. Aquí es distinto. Hace tiempo, una familia llegaba con un carro, ocupaba un hueco entre las chabolas y levantaba la suya en una madrugada, si antes no llegaban los guardias. Ahora es menos espontáneo: se requiere un cartel que diga qué contrata pone los ladrillos, unos cuantos tipos con casco y una máquina de Coca-Cola.

Un día, con dieciocho, veinte, treinta años, se nos ha dicho, o hemos sentido, o nos han dicho que hemos sentido, que hay que seguir solos hasta donde lleguemos, y que para eso tenemos que vivir en nuestra propia casa. Los adultos se quedan en la suya, normalmente con un saco lleno de comprensión, señalando el camino a quienes miran hacia atrás. Es normal cierto desencanto, la vida no mejora por que sí. Aquello que sonaba a chino: facturas, averías, seguros, se convierte en el motor que te lleva a levantarte tantos días a disgusto. La independencia no trae muchas mañanas de sol, sino una piedra que se arrastra entre autobuses y cafeteras. Muy pocos se percataron de cuánta monotonía estaba incluida en el contrato.

Hay quien asegura que las próximas generaciones del primer mundo no van a tener que trabajar, pero ésta se esforzará, como todas las anteriores, para comprarse coches que van veloces hacia la penúltima hostia, para poner cemento, ladrillos y a veces hasta piel, con el fin de que otros acumulen pisos vacíos.

Quizá la oficina sea mejor de lo que se piensa y la casa es poco más que un paisaje en el que pasamos las horas improductivas. En realidad el principal handicap de unos apartamentos en el curro es que no se satisface por completo la demanda de consumo del sujeto experimental que se presta o que está obligado a dormir allí donde trabaja. Regresar al modelo de la esclavitud, por tanto, parece una opción que no interesa ni a los propios empresarios, deseosos de que sus empleados compren; una opción tan retrograda como la posibilidad de volver con los padres cuando se tiene un puñado de trampas y principios de hambre en el estomago.


Así las cosas, una hipoteca o un alquiler a precio de mercado son los recursos fundamentales con los que cuenta la mayoría. La okupación no es una vía muy explorada y es demasiado imprevisible para los que quieren buscar seguridad. Quien cabe en el paraguas de los ciudadanos medios o se hipoteca y casca durante unos cuantos años, o se deja sueldos pagando alquileres. Es una libertad limitada a lo disponible, a aquello que sale por televisión, y todos (cada uno como puede) nos adaptamos bien.

¿En qué momento un acto valiente como el de hipotecarse, que impela a cumplir años en el hormiguero, se convierte en lo fácil? Cuando es la opción que se presenta con lazo y por la tele. Y más tarde, en el banco, donde el individuo comete el acto de sumisión que lo transforma en el rehén de sus cuatro muros.

No hay juicio posible. Que sea fácil no significa que no sea bueno. Si es el único modo de irse de casa, hay que ponerse a remar y seguir arrastrando esa piedra que por las noches rueda hasta el pie de la montaña. No se comprende al que critica un método tan establecido y es inútil admirar o envidiar a los que encarecen el mercado acumulando casas en las que no quieren vivir.

Lo importante es que no se estanque el acceso de la juventud a la vivienda, que superemos entre todos la estrategia del mercado. Suena como un discurso antiguo porque no ha cambiado mucho pero, tan antiguos como esa lógica, son los ejemplos de lugares en los que se valora la auto-gestión y el reparto equitativo del suelo. Al final, lo importante es que quien se busca la vida no se tenga que preocupar de su jubilación, ni de morir en un accidente laboral, que no piense, a menos que quiera, en lo que podría hacer dentro de treinta, cuarenta o cincuenta años, cuando termine de pagar la hipoteca que contrajo casi por haber nacido.

lunes, 23 de abril de 2007

PUBLICADO EN ZARABANDA 04/07


FALSA MEMORIA DE FRANCO


Nací cuando ya estaba muerto. Aún paso ignorante por calles con nombres como Yagüe, Mola, Sanjurjo o caídos de la división azul. Hace tiempo los mayores hablaban de Franco de vez en cuando, casi siempre mal. Hoy sólo el Cuéntame lo recuerda en público y en esa serie su figura también está ausente, puede que por un exceso de voluntad fraternalista, quizá porque ya entonces se trataba de una especie de fantasma que habitaba el palacio del Pardo.


Entre otras cosas, el libro de Vázquez Montalbán “Autobiografía del General Franco”, me ha llenado de optimismo. Aunque la derecha se inflame, al menos no existe otro así. Espero que tampoco se le busque. La marea de la política internacional ha llevado a España donde Franco tanto temía, a un lugar tranquilo, a cobijo del imperio, en dónde no hay razones para creer en ninguna patria. Algunos políticos hablan de que se repite el clima del 36, pero afortunadamente parece que se trata de una perversa maniobra de marketing y no tanto de una amenaza.
Desde que el Partido Popular es Partido y no Coalición, su imagen ya no se asocia a la del dictador. A raíz del cambio, cuando se desmoronó la UCD y Fraga se convirtió en el clavo ardiendo de los conservadores, el PP tuvo que arrinconar la memoria de Franco igual que había hecho él con la de José Antonio. Del partido de Suárez llegaron bastantes políticos que ya habían jugado la baza de declararse fuera del movimiento, de forma que el PP tomó la calle de en medio y los guiños a los nostálgicos se fueron haciendo sutiles o desaparecieron. La lealtad hacia el que cae no es un distintivo de la derecha tradicional, por mucho que la literatura franquista dijera lo contrario.


En esta democracia la libertad de expresión viene de serie junto con los derechos del buen ciudadano. Al margen de las precauciones legales que disuaden al más pintado de hablar mal de los Borbones, por poner un ejemplo, se puede contar casi todo lo que uno quiera, con los únicos inconvenientes de que nadie quiere perder el tiempo escuchando lo que dice el primero que pasa y de que hay muy pocos grupos de poder a los que les interesa un modelo de discurso aséptico. Hoy escribo contra Franco, hoy se me permite llamarle asesino y supongo que nadie me detendrá dentro de unos meses. A cambio este texto no tendrá casi repercusión. Queda lejos la cruel publicidad de la represión franquista, se ha descubierto que la invisibilidad es un castigo peor y una forma de censura que no mancha tanto, mejor adaptada al mercado.


Ni los cuerpos de seguridad del estado ni los oficiales del ejército prodigan elogios a Franco o al movimiento en público. Con respecto a lo que hagan en privado, hoy se acepta que cada ciudadano tiene la potestad de construirse un panteón de criminales a su medida. La globalización define el papel del ejército en nuestra época. Si no se es una unidad de destino en lo internacional no se es el conductor. Los militares van a por sus ascensos allí donde les lleven, como hizo Franco cuando era comandante.


Franco fue necesario para la iglesia católica menos tiempo del que la iglesia fue necesaria para él, así que al Vaticano no le han afectado los años de democracia. La prueba palpable es la financiación que se otorga al clero en los presupuestos del estado.


Quedan otras rebabas del franquismo, símbolos, monumentos, sucesores, represores, políticos de la oposición etc. Hay costumbres como la de ilegalizar partidos que aún perduran. El retraso de las ciencias y las letras, en cambio, es más una consecuencia que un resabio de esos treinta y nueve años. Con el conocimiento no encaja la adulación, la búsqueda de un enemigo de dimensiones desconocidas o la censura que dominaba entonces, así que los que más podían aportar se exiliaron en el extranjero o en sí mismos. Aún costará mucho reconstruir la base de la cultura, aunque parezca que ha pasado un siglo desde que Franco murió.


Muchos hijos de la posguerra piden muestras claras de gratitud y cariño. Se consideran los protagonistas olvidados del cambio histórico, al tiempo que piden que recordemos el sufrimiento de sus padres, que valoremos el paisaje que ha quedado a pesar de la debacle y la purga de los vencidos. Pero el olvido colectivo es inexorable. De la guerra, la autarquía y los años del Opus, quedan un puñado de películas y de libros, malintencionados o no, y la siniestra silueta del valle de los caídos. El resto, como dice Montalbán, es ruido, que tapa las canciones de la falange, los delirantes discursos de Franco, y la nasal voz que narraba las proezas pesqueras del galán del Nodo, sonidos que hoy desaparecen hasta de las parodias.


Para sus enemigos queda el escaso consuelo de que se le esté olvidando, pero aquellos que piensan que la historia se repite varias veces y para peor, se duelen de que suceda porque eso implica que se olvidan los crímenes que cometió y también a sus victimas.


Yo no sé que pensar. No puedo imponerme recuerdos de una etapa que no pasé. Quiero solidarizarme con aquellos que la vivieron y murieron en busca de la libertad, pero la palabra solidaridad me parece floja y no se me ocurre otra que la sustituya. Aunque es consciente, el olvido no es optativo. La falsa memoria no logra imponerse y no revela a los que nacieron después de aquel 20-N, cómo fue ese pasado que siempre nos han descrito como gris.

jueves, 12 de abril de 2007

PUBLICADO EN ZARABANDA 12/06



Metros y kilómetros


Una mañana cualquiera, entre las ocho y las nueve, el subterráneo se convierte en un mal sueño para millones de trabajadores en el mundo. La marea humana fuerza su civismo entre empujones. A veces saltan chispas en los trenes: No empujen. No ven que no cabemos. ¿Usted se cree que yo estoy bien?

Muchos días el vagón está parado en una estación, no avanza. La gente sostiene los paraguas y los abrigos, algunos una mochila, y no hablan. Al cabo de unos instantes de nervios suena el silbato y el túnel vuelve a absorber el tren. Algo semejante al alivio relaja los gestos y se reanudan conversaciones que durante dos o tres minutos se han interrumpido. Casi todas giran entorno a lo mal que andan el trabajo, el equipo, la vivienda etc. Sólo si es lunes se preguntan qué tal ha ido el fin de semana y se contestan que estuvo bien.

Al conductor de un coche al menos le pertenece su espacio. También es suyo el Dióxido de carbono que vomita el tubo de escape. No hay empujones, sólo una desesperación privada que se traduce en algún toque de claxon. El conductor escucha cabreado la radio y entretanto su coche suelta mierda. Mientras inicia la tediosa búsqueda de aparcamiento piensa que sobran motivos para dejar el coche en casa o en el concesionario. Pero hoy día la obsesión por el confort es tan exagerada que es difícil convencer a nadie de que no consuma su ración de tapicería y kilómetros por hora.

En metro o en coche, la mayoría de trabajadores de Madrid tarda entre veinticinco y cincuenta minutos largos en llegar a su casa. Si se vive en Rivas y se trabaja en Madrid se tarda entre media hora y hora y media. Con las horas de trabajo y las del horario partido, queda poco tiempo para casi nada.

Peatones y ciclistas son privilegiados y una feliz excepción. Si tomar el subterráneo es un descenso al infierno, el cielo queda para los afortunados que llegan caminando al curro. La bicicleta es una alternativa ecológica y lírica, pero si llueve da canguelo y hay distancias que son excesivas para dar pedales. El autobús es el sostenible término medio. A pesar de que comparte inconvenientes con el metro y con el coche, y de que no es un medio rápido, el bus es un buen modo de hacer trayectos concretos.

En esas horas en que los enfermos acuden a consulta, los críos hacen novillos, y se incorporan al trabajo los abogados y los profesionales del diseño, el metro es el transporte más veloz. También es el más siniestro en el que se puede viajar. La idea de la gente encerrada en túneles es recurrente en los relatos y no tanto en las películas de terror y ciencia ficción. El metro es lo más parecido que hay a la oscuridad metafórica de la Literatura. Como la caverna, la mina, las catacumbas, o los calabozos, es un lugar oscuro y claustrofóbico que se asocia a la tristeza.

No obstante, gracias a la inversión privada, todo favorece la integración de los seres humanos en el mundo subterráneo. Las nuevas paradas construidas permiten que cada vez más trabajadores cumplan con el deber de saludar temprano al patrón. Televisiones en los andenes, periódicos en el suelo, músicos que tocan “Moliendo café”, vendedores de paraguas, e incluso bibliotecas, le dan un aire de centro comercial en decadencia, a la medida del burgués. Un espacio decadente, que no llega a ser apocalíptico y que sólo parece infernal cuando una muchedumbre coincide en el vagón.

La solución del transporte de tantos trabajadores en el mundo moderno (o posmoderno) es algo quimérica. El metro sigue siendo la mejor solución posible, y las mejores soluciones para que este medio funcione bien implican más movimiento de ladrillo.

No se deberían vender como logros las cifras de viajeros transportados porque lo único que dice ese dato es que cada día los mismos viajeros se aglomeran en el mismo andén. Ni es ético utilizar el transporte público como una baza electoral ya que éste apenas cumple la función de repartir a las hormigas por el hormiguero y ese servicio se paga con el precio de los abonos, que sube sin retrasos todos los meses de enero.

miércoles, 4 de abril de 2007

PUBLICADO EN ZARABANDA 11/06



BIENVENIDO A LA JUNGLA

“Bienvenido a la jungla
cada día se pone peor aquí
aprendes a vivir como un animal.”
Guns N' Roses


Dicen que las junglas son distintas. Que se trata de lugares salvajes en los que los animales se disputan cada palmo, el calor asfixia, y la lluvia se clava como dardos cuando traspasa las lianas y las ramas hacia los monos. En esas junglas perdidas, la naturaleza se burla de los humanos. Se coloca sobre sus hombros y los aprieta despacio hasta que los huesos ceden a la presión y los cuerpos caen a la tierra, que pronto se los traga. Hablan de que es difícil salir de allí

Esta es otra jungla, la que conoces bien. La que forman las melodías de los móviles, las voces de los locutores, los sonidos de las ruedas, y las canciones que escucharás muchas veces. Es una jungla que apenas huele, sólo a unos perfumes, a gasolina, y a café. Aquí lo impredecible se da poco y no es casual.

Si tratas de recordar cómo llegaste, seguro que lo consigues. Regresas al camino, a la infancia, al año en que supiste que tenías que llevar dinero encima. No recuerdas el momento en el que escogiste esta vida. Hubo quién se ofreció a acompañarte a lo largo de la ruta, pero en algún punto os separasteis. Nadie te dio la bienvenida, ni te pidió que entraras. Un día apareciste, eso es todo. Cogiste el metro o el autobús en una hora temprana y te encontraste con otros iguales que tú.

¡Parecían tan distintos! Utilizaban palabras que no conocías y que pronto pronunciaste. Lo peor de todo es que te clasificaron antes de que tú mismo supieras quién eras. Te dieron suficientes razones para regresar cada mañana. A lo largo de estos años muchos cayeron en la tierra y viste cómo los engullía. Has visto a recién llegados que esperaban un reconocimiento, un saludo al menos. Y quizás hayas sonreído con sarcasmo.

Podrías estallar en la jungla porque hay compartimentos reservados para los que caen. Se les retira a lugares con una cierta heráldica del fracaso, lugares con encanto tétrico. Pero lo mejor es que sobrevivas.

Ya lo dijo el Rock and roll.

Guns N’roses ha sido el mejor juguete roto del rock de los últimos tiempos. Llegaron a España a la vez que Nirvana, una banda que porta el estandarte de toda una generación perdida. Los Guns N’roses no tuvieron ni suficientes fieles ni demasiada influencia como para hacer sombra a los Nirvana, pero Welcome to the jungle forma parte de la banda sonora de nuestro fin de siglo tanto como Smeels like teen spirit, la canción con la que el grupo de Kurt Cobain se comió el mundo crudo. El tema que da título a este artículo es la síntesis musical de Led Zeppelin y el heavy caniche, la letra es una descerebrada historia de canibalismo y orgías.

La banda de Axl Rose y Slash surgió en Los Ángeles, una jungla de ciudades, muy parecida al modelo de gran Madrid que crece alrededor de Rivas. Es como un niño que revienta toda la ropa, una jungla de asfalto y de cristal, en la que lo importante es existir como sujeto que compra en el centro comercial.

Para resistir aquí es mejor no pasarse de cínico. Tampoco es demasiado saludable indignarse. Como a lo largo del camino muchos te van a decir es lo que hay. No es verdad, no es lo único que hay. Están Berlín, Bucarest, Buenos Aires, o Beirut. Y si no las han dejado sin madera, aún perviven aquellas otras junglas de las que hablábamos al comienzo.